Eran las 3 p.m. del 12 de enero, cuando el Avión por fin aterrizó. Sin contratiempo alguno durante el vuelo descendí con un tanto de nervios y ansiedad del aparato aquel. Hacía ya un par de meses que no veía a mi Hermano por lo que cada minuto parecía eterno. Mochila al hombro, pasaporte y hoja de migración en mano. Me ubiqué en la fila correspondiente. Única al inicio, pero que pronto se bifurcó en dos: EU Citizens / Passports - Other Nationalities (entiéndase: Resto del Mundo excepto Gringos, Canadienses y algunos más). Sin dudarlo me moví hacia la línea (hasta entonces vacía) correspondiente. Y esperé mi turno con el agente de migración. La fila inicial que ocupé fluyó sin contratiempos y en menos de 10 o 15 minutos tal vez, aquella sala abarrotada de pasajeros, quedó casi desierta. Solo una persona, además del personal de migración y aseo, la ocupó durante tres horas y media: Yo.
Tras un saludo breve, una rápida revisión de mi pasaporte y hoja de migración, comenzó el interrogatorio:
- ¿Ha comprado Ud. su tiquete de regreso?/Rta: No, aún no. No es un requisito para obtener el visado – que la Sra. Agente miraba con detenimiento – y segundo, porque si bien el itinerario de viaje está cuadrado, para la última ciudad hemos dejado abierta la posibilidad de quedarnos unos días más o menos, según se vayan dando las cosas. Lo haremos más espontaneo. Viajo con mi hermano que está afuera en la sala esperándome.
- Aunque no sea requisito Ud. debería tenerlo, afirmó. Yo entre tanto pensé: ¿Porque se supone que “debo” tener algo que no es un requisito? Ojo: Aquí no se trata de: solo cumplo cuando está el policía, se trata de que el proceso de solicitud y aprobación del permiso para viajar a UK, implica una verificación y aceptación de “unos mínimos”, cuestionables o no y eso hace parte de otra discusión - pero que validaban que yo, tan siquiera hubiera podido dejar suelo alemán. Ella allí, omnipotente desde luego, se autopresentaba como superior a este proceso.
- ¿Cuanto dinero trae con Ud?/ Rta: ¿En este momento?/ Si claro, ¿Cuanto dinero trae con Ud. ahora?/ Rta: En los bolsillos traigo 40 Euros, no es mucho así que no los cambié, pero en la cuenta tengo dinero.
- ¿Cuanto? /Rta: No lo sé, pero suficiente para viajar.
- ¿No sabe cuanto dinero tiene en su cuenta? / Rta: Con exactitud, no.
- ¿Dirección donde se hospedará? /Rta: Sinceramente he olvidado anotarla, no la tengo “a mano”. Sin embargo, mi Hermano, me espera en la sala. Tenemos una carpeta con todas las reservas y lugares donde estaremos, si fuera posible contactarlo podría darle el dato exacto. Lo siento mucho, pero en realidad no sé como pude olvidar anotarla!
Tras una larga pausa, un brusco cierre de pasaporte y un dedo índice que apunta de repente hacia mi, escucho: “No me gusta nada que Ud. venga a mi país sin dirección, sin tiquete de regreso, con 40 Euros y me dice que va a hacer un viaje por 12 dias?”/ Rta: No señora, disculpe Ud. está mal interpretando lo que yo le he dicho. Primero yo he tramitado una visa para poder estar aquí y viajar tranquilamente por su país y para lo cual no fue necesario presentar un tiquete de regreso. Si, tengo 40 euros, pero no es el dinero que tengo para viajar. Tengo que ir al cajero para sacar el dinero en moneda local y poder seguir. Y bueno, si, la dirección no sé como pude olvidarla.
Haciendo una mueca de profundo disgusto la Sra., Agente de migración, respondió: Por favor tome asiento. Me quedé helada. Sin saberlo y de una manera bastante ingenua, yo había activado para ella el botón de “sospechosa”. Tomé asiento, mientras la Agente cruzaba una puerta plateada con mi pasaporte en su mano derecha. Tomé aire y me dispuse a seguir leyendo la revista de arqueología que durante el vuelo tuve a mano. Desde luego, no pude concentrarme, aunque pretendí hacerlo. ¿Y ahora? Miré con cautela a mí alrededor. En efecto, era la única pasajera de aquel vuelo proveniente de Berlín, Alemania, que ocupaba la sala de espera en el aeropuerto de Glasgow, Escocia. Confirmé así que de las aproximadas 120 personas que llegaron conmigo, solo yo había presentado un Pasaporte correspondiente a “el resto del mundo”, que en lenguaje coloquial puede traducirse para algunos en aventura, exótico, raro, lejano muy lejano, pero en cualquier caso: peligroso - finalmente es esta la sensación o percepción que se tiene cuando se cree que alguien viene “del otro lado del límite”.
Me pidieron apagar mi celular y esperar en la sala. Al cabo de 30 minutos aprox. la señora Agente regresó, esta vez para entregarme una hoja en la que podía leerse “Detención temporal. Migración considera pertinente hacerle más preguntas”. Así, sin más, el viaje parecía haberse complicado. De manera intermitente, una y otra vez la Agente apareció para repetir las mismas preguntas, casi sin cambiar el acento. Finalmente, otro Agente vino para en conjunto, escoltarme a una sala más pequeña. En repetidas ocasiones les pregunté: ¿Que es lo que estoy haciendo mal para estar aquí detenida? Quise verbalizar mis pensamientos pero está claro que de nada hubiera servido. ¿Cuantos de los otros pasajeros europeos o con pasaporte de la UE cree que le hubieran dicho con exactitud cuanto dinero tienen en sus cuentas? ¿Lo sabe Ud. acaso? ¿Cuantos han olvidado o perdido la dirección exacta de donde se hospedarán y en último caso consultarán sus tablas con internet, o llamaran o simplemente darán las indicaciones generales para finalmente llegar? Probablemente en este punto algunos de los que lean dirán: no, que eso no pasa “que los europeos” son mucho mas organizados, planean todo, etc., etc., que ahí estamos “pintados los latinos”. Pues yo no me lo creo y no porque unos sean mas o menos organizados que otros, sino porque las generalizaciones son ridículas; se asume que “Franceses, Ingleses, Escoceses, Griegos, Rumanos, Alemanes, Españoles, Rusos, Portugueses, etc., primero son iguales entre si como nación y luego, símiles de “la civilización”, prístina y última etapa de la existencia humana, en la que por oposición y muy lejos, aparecemos los latinos y los demás del resto del mundo.
Prosigo. Llegada a la sala.
Dos agentes de migración, haciendo las veces de Policía, guantes en mano, desocupan mi mochila. Un libro más aparece, unas cuantas hojas caen al suelo. No me es permitido tocar nada. Solo ver cómo, con la meticulosidad casi de un cirujano, revisan de cabo a rabo mi intimidad. El orden de aparición delata mis últimas horas en casa - Voy de un lado a otro, revisando mil veces la lista de cosas necesarias para el viaje: ¿Calzones y “brasieres”? Listos. ¿Pantalón multiusos? Listo. ¿Blusas? Listas. ¿Abrigos pequeños para el frio? Listos. ¿Muchas medias? Listas. ¿Libros? Listos. ¿Collares? Listos. - Un billete de 5 euros aparece entre las páginas del libro, junto a un Post-it azul, con un nombre y un número. Agente: ¿y esto? ¿Que es? Hasta la fecha reconozco haber quedado con la duda de que tipo de respuesta esperaba. Yo, por pura modestia ante lo que hubiera podido parecer un insulto - y que en esa situación no hubiera ayudado en nada -: ¿un billete y un papel? Simplemente callé.
¿Cuanto representan 40 euros en dólares colombianos? Preguntó con tono imponente. Sonreí ligeramente. En Colombia - ese país del cual ya no tan probable, sino seguramente lo único que sabe es que producimos ese polvo blanco en el que sus compatriotas y muchos otros se empeñan en gastar una fortuna - no tenemos dólares, nuestra moneda es el P E S O (con gesto lento y definiendo cada letra para facilitar la pronunciación de una palabra en un lenguaje seguro pensado como vernáculo). Hubo cruce de miradas entre los compañeros, ya no Migración-Policía, sino seres humanos. La comisura de sus labios pareció dibujar una fugaz sonrisa que la hizo parecer una jovenzuela sonrojada en el salón de clase ante una equivocación que dejaba entrever los límites de su conocimiento. Sin embargo rápidamente se reincorporó. ¿Es mucho? Rta: Depende a quien le pregunte, para que lo necesite y…en que momento se use. Aunque guardó silencio, su mirada fija habló lo suficiente.
De vuelta a la sala de llegada. Nuevos pasajeros, nuevos vuelos, nuevas líneas. Y yo ahí, queriéndome encerrar en las letras de la revista que no conseguía entender de ninguna manera. Migración entre tanto había contactado a mi hermano en la sala de espera. ¿De donde viene? ¿A quien espera? ¿En donde? ¿Que harán? ¿Que hacen sus padres? ¿Ud. donde vive? ¿Que hace? Un rosario de preguntas que durante 10 o más minutos, dieron una idea a mi hermano de que, algo ocurría.
Me preocupa que Ud. no sepa cuando dejará el país. Tendremos que revisar sus cuentas bancarias. Tiene que decirme la verdad, pues las autoridades en Alemania, le harán las mismas preguntas cuando llegue al aeropuerto en el siguiente vuelo de regreso, pues me temo que no podrá entrar al país. Era una sentencia. Tras la tercera hora, estaba agotada de repetir una y otra vez la misma historia. Finalmente ante semejante afirmación, un escape de sinceridad: Sé que a Ud. le parece muy sospechoso que una persona con un pasaporte colombiano quiera viajar tranquilamente como cualquier otro, sé que le cuesta entender, pero ya no sé que más decirle, excepto que he sido muy confiada, despistada e ingenua al venir aquí. Esto no tiene nada que ver con nacionalidades / Ahora fui yo quien guardó silencio y la miro fijamente. Finalmente, después de 3 horas y media en la sala del aeropuerto y bajo un interrogatorio constante escuché un “shick” - de la estampa en mi pasaporte - acompañado de un “Bienvenida a Escocia”. Parecía ser el desenlace de un muy mal chiste. ¿Bienvenida? Pensé. No pude contenerme y las lágrimas aparecieron. Durante las últimas horas Ud. me hizo sentir que ser colombiano está mal y que tiene algún problema. Pues no veo otro motivo por el cual me tuviera aquí tanto tiempo, es injusto. Recuerdo haberle dicho. Y claro, el mundo es injusto. Es una cuestión fáctica y cotidiana, lo cual no quiere decir que se acepte, digo yo.
De esta incómoda experiencia más allá de las lecciones de “viajar a otro país”, conocí de primera mano o en carne propia lo complejo de las generalizaciones y estigmas que operan en la cotidianeidad entre los diferentes grupos sociales. En este caso no se trató desde luego de un ataque directo a quienes somos colombianos, es decir, no es un caso exclusivo. Se trató de encajar en los estándares de peligrosidad en la migración internacional, propuestos por “los ricos del paseo”. 1) Mujer joven, soltera y sin trabajo estable. 2) Sin tiquete de regreso (esta quiere quedarse) 3) y proveniente de un país lejano, muy lejano cuya fama internacional se fundamenta en la producción de la droga “de la felicidad fugaz”: la cocaína.
Es indudable que desde los 70´s Colombia comenzó un largo camino de transformación de su imagen hacia el mundo. Y hay que decir las cosas como son: somos los productores de cocaína más grandes del mundo. Sea acaso importante aclara aquí que la idea del SOMOS aplica si pensamos en que el concepto del Ser está asociado a la pertenencia a un grupo social que, a pesar de lo diverso y poco homogéneo, comparte historias comunes forjadas a lo largo del tiempo en un mismo territorio definido como Colombia. Lo complejo de todo este enredo es que, sin que suene a perogrullada, evidentemente no todos los que habitan en este territorio participan en su siembra, producción y comercialización. Sin embargo, al estar bajo la misma denominación, todos y cada uno de los integrantes, llevamos el peso de la imagen negativa. Lo mismo les pasa a los Alemanes, con la historia Nazi y el Holocausto Judío. La diferencia con este último ejemplo es que nadie pide visa a los Alemanes para movilizarse o los considera, potencialmente peligrosos.
Luego, este es un juego evidente de poderes. Quien impone las reglas queda exento de ellas. O acaso ¿Que Estados consideran peligroso a un ciudadano estadounidense (gringo) o no bienvenido en su territorio, aunque su gobierno sea uno de los productores de armas mas grandes del mundo y que a nombre de la democracia, invada otros territorios fomentando el viajo truco de la guerra para sostener su propia economía? Más allá de casos aislados, como Irán, Corea del Norte, Cuba y de lo que alguna vez fuera la Unión Soviética, está claro que “nadie” lo ve de esta manera. Y con esto no quiero decir que entonces se deban aplicar permisos de migración a diestra y siniestra (visados). Al contrario, los visados de movilidad deben eliminarse. Por ello considero a la Unión Europea, como idea, o lo que ocurre en Suramérica, en claros ejemplos de que sin ellos (visados), es posible convivir. No hace falta decir que las fronteras, así como las identidades son inventadas y se modifican con el paso del tiempo. Tal premisa, sin embargo, no niega que las unas y las otras se materializan en territorios, constituciones, tratados comerciales y mas importante acaso, en el pensamiento y las acciones de la gente. No obstante, no son constructos inmodificables o perennes.
Desde que llegué a este viejo continente he pensado en lo interesante que sería hacer una investigación al revés, desde Suramérica venir a estudiarlos y preguntarles sobre sus costumbres, sus historias, sus extraños modos de vestir, de comer, de dormir, de tener sexo y sus “cosmogonías”. Me pregunto como sería y que tan permitido estaría. En el fondo es una tarea pendiente, no para repetir esquemas de dominación como lo ocurrido con África y el tráfico de Esclavos o la expansión hacia América desde el siglo XV – sino para equilibrar las balanzas del quien habla, desde donde, para que y para quienes. Finalmente ese “otro” que ellos inventaron solo habita en sus cabezas, pues representa los temores que desde su Antigüedad y su Edad Media, poblaron el resto mundo. Ahora – y tal vez desde siempre – ese otro se les cuela, pero ya no bajo el esquema del sujeto civilizado a su usanza y que migra tras la búsqueda del mal llamado sueño “americano” o europeo. Las dinámicas sociales contemporáneas obligan a replantearse los esquemas de movilidad, a dejar atrás ideas chovinistas que alimentaron el esquema europeizante del que somos – en América Latina – también el resultado. Tal vez haya que darle el vuelco total al mapa, no para poner el sur arriba y remplazar una pared por otra, sino para redescubrir miradas “ojo en ojo”, esquemas de pensamiento, sentimiento e interlocución que nos permitan a todos, pensarnos y actuar de manera diferente.







